Hay algo profundamente perturbador cuando entra a una empresa y percibes que algo falta, pero no puedes señalarlo con precisión. Es como caminar por un edificio moderno y funcional, pero vacío en esencia. No son las paredes, ni los productos, ni siquiera las personas; es la ausencia de alma, la falta de un propósito compartido que dé sentido al esfuerzo colectivo. Estas son las empresas sin alma.


